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Una cosa, un instante.

Sólo deseo decirte una cosa, es algo que quiero contarte ahora, en este momento, en este instante, porque cada instante cuenta, porque cada instante vale más que todo el oro del mundo y que todas las gemas juntas, porque este instante no lo quiero desperdiciar, porque no quiero desperdiciar ningún instante que tengo para escuchar cómo respiras, para verte cerrar tus ojos, para ver cada delicado movimiento que haces con tu cabeza cuando el cielo yace sobre ti y tú te recuestas bajo él.

Porque no te quiero desperdiciar, porque si hay algo en el mundo que no quisiera que pasara de largo frente a mis ojos eres tú, porque no quisiera que tú fueras la que pasara de largo frente a mí de un día para el otro, porque si no le tenía miedo a nada, ahora sí lo tengo y no lo quiero tener, odio tener ese miedo, lo odio como a nada.

Sólo déjame decirlo, no me interrumpas, no lo hagas, te lo suplico, no puedo dormir sin decírtelo, aunque no me oigas, aunque no sepas que estoy aquí pensándolo, que estoy aquí escribiéndolo. Sólo léeme, no hagas nada más.

Léeme fuerte y claro, mujer, ¡léeme! ¡Si nadie lo había hecho! ¡Si nadie lo hará nunca! ¡De eso estoy seguro yo! ¡Aquí y ahora! ¡Que nadie amará tanto unos ojos, unos labios y una voz como lo hago ahora, como lo haré hasta que no quede ni una estrella! Hasta que no quede ni un segundo del tiempo del mundo…

México post-revolucionario

¿México está listo para otra revolución? ¿No? ¿Por qué?

¿Es que acaso tenemos libertad? ¡Claro! ¡Qué grande es nuestra libertad!… ¡Pinches maestros revoltosos y huevones! ¡No respetan nuestra libertad!… No conocen nuestra libertad…

¡Adelante! ¡Que vivan los conservadores y los liberales! ¡Que viva el congreso legislativo! ¡Que viva la violencia!… Siempre y cuando no sea respuesta del pueblo.

¡Que vivan los ricos y las empresas! ¡Que vivan los capitalistas emprendedores! ¡Que viva todo el mundo!… Menos los estudiantes, los maestros, los campesinos y los trabajadores.

Breve relato de media noche

A ver, haz conciencia. Ella, esa chica que ves ahí, ella fue tu amor y tú el suyo, ambos salieron por un largo rato y compartieron algo más que el silencio mutuo. ¿Ya la viste bien? ¿O no puedes ni recordar su voz por el desgastaste y erosivo paso del tiempo?… ¡Eso es! ¡Tú lo que quieres no es regresar! ¡Sería regresar con una desconocida!… Una desconocida, con quien sólo conocen recuerdos…

La luna

La luna se puede tomar a cucharadas, o como una cápsula cada dos horas. Es buena como hipnótico y sedante, y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía.

Un pedazo de luna en el bolsillo es mejor amuleto que la pata de conejo. Sirve para encontrar a quien se ama, para ser rico sin que nadie lo sepa y para alejar a los médicos y las clínicas. Se puede dar de postre a los niños cuando no se han dormido, y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver. 

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna para cuando te ahogues, y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados. 

Para los condenados a muerte y para los condenados a vida no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas.



                                                                                         Jaime Sabines

Te odio de todas formas.

Créeme, te odio de todas formas. Te odio de todas las formas, como de ninguna, de las que te puedes imaginar, como las que yo no puedo.
No dejo de odiarte desde que me levanto hasta que me acuesto, en todos los momentos en los que estoy contigo, en los que mis ojos comparten un eterno instante junto a los tuyos tan indiferentes, tan callados, tan perfectos.

No puedo dejar de odiarte aunque quiera, de odiar a cada parte de ti y de mí cuando estoy contigo. Desde todos los segundos, hasta ninguno.

Sin embargo, cada ocasión que te odio es mi ocasión preferida, cada momento que estás, yo estoy, como un lazo inseparable tejido en cada pensamiento que nace cuando cierro los ojos.

Y finalmente; odio también los días, odio tener que separarme insípidamente para esperar una eternidad y hasta entonces poder volver a verte, como poder volver a odiarte.

“Morimos, lo sabemos, lo ignoran. Nos morimos entre los dos, ahora, separados, del uno al otro, diariamente, cayéndonos en múltiples estatuas, en gestos que no vemos, en nuestras manos que nos necesitan.” Jaime Sabines
No es que muera de amor.

El Peatón

Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.

Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!

Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta.
¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?

¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.

¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.

Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila. 

                                                                            Jaime Sabines Gutiérrez

                                                              Un regalo del maestro Sabines
                                                              para todos y al final para mí. 
                                                             
                                                              Muchas gracias.

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